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A 35 años de la muerte de Oscar Ringo Bonavena

2 jun, 11

Hace 35 años murió asesinado el boxeador más querido de su natal Argentina y de toda latinoamérica: Oscar Natalio Bonavena Grillo, Ringo, como le gustaba que lo llamaran…boxeador guapo y filósofo callejero, hizo riqueza con su entrega y bravura en el ring enfrentando a los mejores: George Chuvalo, Joe Frazier y el mítico Cassius Clay

Antes de la pelea tenés mil amigos, pero cuando suena la campana… ¡hasta el banquito te sacan!”,

O aquella célebre “La experiencia es un peine que te dan cuando ya te quedaste pelado”… Después de enfrentar a Muhamad Alí entró en un extraño y ominoso cono de sombras.

La mafia se ha dicho, sin pruebas…

Tras regresar a los Estados Unidos, enfrentó en Las Vegas, aunque por buen dinero, a paquetes casi impresentables y en Reno, Nevada, se vinculó a Joe y Sally Conforte, un matrimonio del bajo mundo, dueño del lujoso burdel Mustang Ranch.

Y en la alta noche del 22 de mayo del 76, cuando se acercaba al Mustang, un matón a sueldo (Williard Ross Brymer) le partió el corazón con un tiro de fusil.

Murió solo, lejos de Buenos Aires, lejos de su madre (Doña Dominga Grillo)–lo que más amó, su desvelo, la que “lavaba para afuera con tal de que no nos faltara la comida”–, lejos de todo. Jamás se supo ni se sabrá por qué, como jamás se supo qué relación tuvo con los Conforte. Las conjeturas hablaron de celos y de venganza (se dice que Ringo sedujo o quiso seducir a Sally), de intereses y de otras cosas oscuras.

Tenía, Oscar Bonavena, apenas 33 años. Lo velaron en el Luna Park cinco después (28 de mayo). Ciento cincuenta mil almas siguieron su cuerpo hasta el cementerio, en llanto. Una estatua de tres metros y medio lo recuerda frente a la sede del equipo de fútbol de sus amores: Huracán.

El periodismo argentino no encuentra mejor final para esta historia que catorce palabras escritas por la periodista uruguaya María Esther Gilio como cierre de un reportaje que le hizo en el 67.

Doña Dominga Grillo, su madre, dijo “la calor”, y él la corrigió: “El calor, vieja, el calor. No me haga pasar vergüenza delante de la uruguaya”. Gilio, entonces, esculpió una frase para el mármol:

Ninguna vergüenza, campeón, ilustre imagen del antiesnobismo, seguro huésped al Reino de los Cielos”.

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