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La muerte en las tradiciones venezolanas

8 mar, 12

La especie humana es la única para la cual la muerte está presente a lo largo de la

vida, la única que acompaña la muerte con un ritual funerario y la única que cree en la sobrevivencia o resurrección de los muertos”.

Edgard Morin.

El hombre y la muerte

“José Gregorio Hernández es la palanca que los venezolanos tenemos en el cielo”

Mariano Díaz.

Por un cielo de barro y maderas

Por los predios de El Roble, Sanare, Curarigua y El Jabón, en el estado Lara, es posible tropezarse a las doce de la noche del 2 de noviembre, el Día de los Muertos, con un peculiar cortejo fúnebre. Un grupo compuesto sólo por hombres ha salido de la iglesia del pueblo y marcha camino al cementerio local rezando un rosario que a lo lejos se escucha como una misteriosa melodía. Adelante marcha un hombre solo que lleva entre sus manos un crucifijo y una capa cubriéndole los hombros. Se trata de:

El Gritón, ánima sola Unos cien metros más atrás viene el resto del grupo caminando envuelto en una nube de luz creada por las velas que portan protegidas por vástagos de cambur. Son los Rezanderos  Uno de ellos lleva consigo una escardilla que hace sonar con un hierro, a manera de campana, cada vez que un nuevo misterio del rosario está por comenzar. Es la señal para que entre en escena.

El Gritón, quien agrieta el silencio seco de la medianoche cantando en voz alta, con un tono agudo y lastimero, peculiar de las salves y los golpes larenses, una oración en la que le pide a quienes lo escuchan:(*) Sociólogo venezolano experto en temas de cultura y comunicación. (Tulio.Hernandez9@gmail.com)

“¡Hagan bien por las ánimas del purgatorio”.

Un avemaría y un padrenuestro por el amor de Dios! entonces, los rezanderos, en el mismo tono grave y religioso, responden en coro:¡Aaaaaaaaméeeeeeen!

Quien esté cerca de la procesión y escuche el pedido de El Gritón, tiene que detenerse por un momento y rezar el avemaría y el padrenuestro solicitado. Quien se la encuentre en su camino, tiene que seguirla hasta el final. Si la procesión pasa por en frente de una casa, quienes la ocupan tienen que vencer la curiosidad y no deben asomarse a contemplarla. A quien no cumpla con estos preceptos le pueden ocurrir cosas misteriosas y desfavorables, incluyendo sueños con muertos y espantos, o el castigo de alguna de las ánimas que, se supone, siguen al cortejo. El ritual, uno de los más peculiares entre tantas tradiciones venezolanas asociadas a la muerte, aún se conserva en estas zonas imponiendo respeto y temor. Se le conoce como el Rosario de Ánimas y se realiza con el propósito de encaminar a las ánimas para que no se extravíen en su viaje al más allá. Además del Día de los muertos, se celebra también luego de transcurrido un año de la muerte de una persona o el último día del novenario de una muerte reciente.

A los wayúu, la etnia que puebla los áridos territorios de la Península de La Goajira en la frontera entre Venezuela y Colombia, se les entierra dos veces. El primer entierro se realiza colocando la cabeza del difunto, acostado hacia el Este, el lugar por donde sale el sol. En el segundo se desentierra el cadáver y sus huesos son, la información sobre este rito fue aportada en una entrevista realizada al señor José Pérez, coordinador de los Talleres para Maestros de la Fundación Bigott. Una referencia escrita se encuentra en Aretz, Isabel, Manual de Folclore,recogidos, limpiados de cualquier resto de vísceras, músculos, sangre o piel, y guardados en una vasija de barro que será la tumba definitiva. No hay nada azaroso en esta decisión porque los wuayú se mueren dos veces.

La primera muerte ocurre por la enfermedad. Sucede que, según su mitología, cuando un guajiro se enferma, su alma está como prisionera “allí donde se encuentra el sueño”. El shamán, a través de los recursos de su espíritu puede encontrarla y devolvérsela al enfermo. Pero si no la encuentra, porque ella está escondida o ha entrado en algún lugar sin retorno, el guajiro muere. Esto significa que su alma ha atravesado “el camino de los indios muertos: spüna wayuu ouktüsü, la Vía Láctea (la galaxia a la cual pertenece nuestro sistema solar), conocida como,Spüna yolujas donde spüna es camino de los yolujas o wopu Jepiramüin el camino de Jepira”, esto es el camino hacia el lugar donde van los espíritus de los indios muertos. Por eso los wayúu mueren dos veces: “Una vez aquí y una vez en Jepira”.

El segundo entierro es muy solemne y fastuoso porque es la última despedida para olvidar por siempre al difunto. Es una ocasión de fiesta colectiva, en la que el cementerio bulle de actividad. Allí se reúne un centenar de amigos, deudos e invitados. Una persona, generalmente perteneciente a la línea materna del Wayúu se ofrece para extraer los huesos y limpiar los restos cuidadosamente que son colocados en la vasija de barro de boca ancha llamada Jula´a. Sucede que los wayúu no se reconocen como hermanos de sangre, sino como hermanos en la carne. Es por ello que deben liberar al difunto de esa carga mundana para que viaje hasta su última morada, un trecho angosto de suaves colinas, apenas cubiertas de pastos, situada al norte de La Guajira, territorio de su madre y de su linaje.

Allí sus huesos reposarán junto a los antepasados que resguardan el territorio de los vivos. Es sólo entonces cuando el alma del muerto se transforma en una sombra irreconocible y alcanza su destino final.***El novenario, el rezo del rosario por el alma del difunto durante las nueves noches siguientes al día de su entierro, continúa siendo el ritual más generalizado entre los católicos venezolanos, independientemente de cual sea la clase social a la que pertenecen, el nivel educativo o su origen regional. Aunque en el proceso de urbanización acelerada y de laicización de la vida colectiva las creencias profundas hayan cambiado y el novenario se ha convertido en un evento predominantemente social antes que ritual y religioso, en el sustrato de esta tradición se encuentra viva la creencia de que la persona no desaparece de una vez, que el alma del muerto trata de aferrarse al lugar donde vivió y a la familia a la que pertenecía, y por lo tanto es necesario acompañarle y hacerle su despedida durante estos nueve días de la mejor manera posible para impedir que quede errantes supone que es sólo después de nueve días cuando el alma del difunto realiza el viaje final a uno de los tres itinerarios posibles: el cielo, el infierno o el purgatorio. Y como es un acuerdo tácito que la mayoría de las personas han cometido faltas y pecados se supone también que el destino más frecuente es el purgatorio en donde permanecerán hasta purgar plenamente sus culpas. Es allí donde interviene el novenario como apoyo de los seres queridos: entre más velas se enciendan y más rezos se hagan por el alma en viaje, más corta será la estadía en el purgatorio y más rápido resultará su llegada al cielo.

La vida urbana ha limitado sin duda la continuidad de la tradición del novenario realizado en el propio hogar de quien ha muerto. En las grandes ciudades la tradición se mantiene con vida pero se realiza en una iglesia a través de la sucesión de nueve misas en las que se incluye, junto a otros, el nombre del difunto. En las ciudades y pueblos de menor población, donde la mayoría de la gente sigue viviendo en casas, el novenario se realiza en el hogar, es un motivo de encuentro y visita que, en algunos casos, especialmente la última noche, cuando se rezan nueve rosarios, incluye además del cafecito y las galletas que se suele ofrecer los días anteriores, algunas rondas de ron o cualquier otra bebida espirituosa que ayuda a aligerar las penas y, en algunos casos, convierte en medido jolgorio el recuerdo de quien se fue. Una mujer, generalmente de la familia y muy allegada, dirige el rosario y todos los demás le responden en coro. Sin embargo, en algunas zonas se mantiene la costumbre de contratar una rezandera o un rezandero “profesional” que le imprimen más dramatismo y entusiasmo a las oraciones, e incluyen en sus rezos peculiares versificaciones que remiten al español antiguo. Algunos elementos han sobrevivido de esta tradición con fuerte peso rural. Entre ellos destaca la realización del altar alrededor del cual se realiza los rezos. En él se incluyen flores, velas encendidas, figuras de santos, objetos que pertenecían al difunto y en el lugar central su fotografía envuelta por un lazo o cinta negra. El último día, se colocan nueve velas que se van apagando con una flor conforme termina cada rezo para llevar bien la cuenta.

En algunos lugares de Los Andes, después del último rosario se recoge completamente el altar pero la tarea no puede realizarla un miembro de la familia porque si no el alma queda penando y no descansa en paz. Además, el acto debe hacerse a las 12 de la noche sin que nadie ni nada se interponga en la puerta para que el espíritu se vaya de manera definitiva. Por las mismas razones, en Barlovento se sacaba el ataúd por una ventana y se le daba varias vueltas a la casa, se usaban los caminos menos directos hacia el cementerio o se cambiaba la disposición de los muebles del hogar, con el propósito de impedir que el difunto pueda “recoger los pasos”, es decir, como explica el antropólogo

Gustavo Martín, “volver del más allá para transitar los mismos lugares por los cuales había pasado estando en vida.” Algunas costumbres han desaparecido definitivamente como aquellas de guardar luto negro cerrado el mes siguiente al novenario, barrer la casa “para afuera” para que el alma se termine de ir y hacer un altarcito con un vaso de agua para que el alma beba de él. Si el finado ha ido al infierno, en donde hace calor y da mucha sed, el agua se acaba muy rápido. Cuando el agua amanece sin ser tocada es porque el alma ya pagó lo que debía y el orden vuelve al hogar.

A la mayoría de los venezolanos les convence la idea de que la persona no desaparece con la muerte. Es por eso que en la peculiar religiosidad popular dominante en el país, una mezcla sui generis de creencias indígenas y africanas que han sobrevivido armoniosamente entrelazadas con el soporte católico, los muertos se transforman en espíritus que dan protección, ayuda y hasta orientación a los miembros del grupo familiar que se quedan en la tierra. Las maneras de mantener comunicación con estos espíritus son muy diversas y numerosas. Desde la costumbre cotidiana de solicitarle ayuda a familiares cercanos en Martín, Gustavo (1983) Magia y religión en la Venezuela contemporánea. Caracas: UCV. p.37

Situaciones difíciles, la de encenderles velas a sus retratos, sentarse a conversar con ellos en su tumba, cuando han muerto por accidentes de tránsito construirle pequeñas capillas en el lugar donde ocurrió, o en los casos más extremos, intentar comunicarse con su espíritu a través de un médium especializado en los oficios del más allá o el mecanismo, cada  vez más frecuente, de elevarles sin referencia alguna a la jerarquía católica- a la categoría de ánimas o de santos populares para invocarles favores. La creación de santos populares, al margen de la lógica y las normas del catolicismo oficial, es constante y profusa. Entre todos, sobresale.

José Gregorio Hernández, el “médico de los pobres”, probablemente el más venerado por todos desde muchos antes que fuera aceptado como beato por la iglesia oficial, cuyo prestigio ha desbordado los límites de Venezuela y ya es objeto de culto en Colombia, República Dominicana y Ecuador .Pero la figura más frecuente en esta veneración a los muertos es la de las ánimas ,hombres y mujeres comunes que tuvieron muertes trágicas o vidas desgraciadas pero generalmente dedicadas a ayudar generosamente a los desvalidos y abandonados, cosa que siguen haciéndola ahora desde el más allá. Las hay por centenares a todo lo largo y ancho del país y son objeto de veneración y culto, con sus propias tumbas y altares, oraciones y campos especializados de intervención. Mariano Díaz en su visionario libro Milagreros del camino ha ofrecido un sensible testimonio de las ánimas que pueblan, además del imaginario popular, los altares, las capillas y los cementerios del país. Las hay urbanas y educadas, como la de María Francia, a cuya tumba en Caracas acuden por centenares, en épocas de exámenes finales, estudiantes de bachillerato que se encuentran en aprietos para aprobar el año en curso.

Díaz, Mariano (1989). Milagreros del camino.

Regionales, como  Mata´e Silva venerada en el llano, que protege cosechas, libra de accidentes del campo y encuentra reses robadas. Bebedoras, como Guillermina Morales a quien en vida “le gustaba el traguito” y hoy quienes le piden promesa agradecen los favores llevándole aguardiente al Cementerio de Tovar Copilotos, como Pancha Duarte el Ánima de Taguapire que acompaña camioneros en sus largas travesías, por lo que en su capillita se encuentran pistones, bujías, mangueras de frenos y muchos más implementos mecánicos en pago de promesas, al igual que otros protectores de chóferes como Domingo Antonio Sánchez, el Mediajarrero, donde las placas atestiguan los favores, y la Virgen de La Mona, que sella con su agua radiadores y úlceras. O, por último, ánimas intimidadoras, como la de Guardajumo impenitente asaltante, vándalo y violador que en vida tenía propiedades mágicas para convertirse en babo, res, o garza o en pato güirirí y en muerte protege a quienes le invocan de asaltos de caminos y robos de ganado. Los cambios de valores y patrones de vida se expresan de manera transparente en la más reciente generación de ánimas creadas en los centros urbanos del país, los santos malandros Se trata de personajes que en su vida reciente fueron conocidos delincuentes de barrio que se destacaron bien por su valentía, su generosidad o simplemente por seguir el esquema robinhoddiano de “quitarle a los que tienen todo para darle a lo que   no tienen nada”, y hoy son objeto de culto y devoción. Son dadores de favores altamente especializados. Las peticiones que se les realizan están asociadas a las tribulaciones propias de la pobreza urbana: suerte para conseguir trabajo; favores para ayudar a sacar a un amigo o familiar ya de la cárcel, ya del sombrío mundo de la delincuencia o de la adicción a las drogas; ayuda para salvar la vida de alguien que  ha sido herido en un enfrentamiento armado y, paradoja de las paradojas, la que parece ser la petición más frecuente, como en al caso de Yaguarín, protección al negocio o a la vivienda de las acciones del hampa.

En las tiendas especializadas en asuntos esotéricos y de santería que proliferan en las ciudades venezolanas es posible encontrar sus imágenes. Algunos tienen sus nombres,“Ismael”, “Isabelita”, “Luis”, otros los apodos de guerra, como “Malandro Ratón”. Son pequeñas figuritas de yeso que reproducen la estampa de jóvenes de musculosas figuras, con revólveres en el cinto, lentes oscuros, gorra de béisbol, y camisetas ajustadas que remiten a la imagen televisiva de los raperos contemporáneos. Muertos que siguen convida en la contradictoria, entusiasta y sufrida memoria popular.Pero la muerte entre nosotros puede ser también un asunto festivo, lúdico o de celebración. Festivo y con un significado ritual de reencuentro con los que ya se fueron es el Akaatompo, nombre que se le da a la ceremonia con la que las comunidades indígenas Karina,habitantes de la Mesa de Guanipa en el estado Anzoátegui, celebran la “visita” desus difuntos. Los kariña creen fervientemente que los añaatos (muertos) regresan a visitar sus familiares y  amigos desde el 2 hasta el 3 de noviembre, día cuando se despiden para regresar al lugar de donde vinieron. Con ese motivo un grupo de músicos y cantores se reúne con otras personas del lugar para realizar el recorrido por las casas de quienes celebran la visita de un familiar difunto.Los participantes, acompañados por el toque de cuatros y guitarras (anteriormente se hacía con flautas de caña) danzan entrelazados por la cintura hacia delante y hacia atrás, mientras  entonan cantos espontáneos en los que destacan recuerdos y momentos importantes en la vida del difunto.

Los muertos se hacen presentes a través de algún familiar que “canaliza” su presencia, hablando en lengua kariña y dándole orientaciones a los presentes. Los dueños de la casa obsequian a los presentes comida y bebida. Al terminar cada ceremonia los participantes se retiran bailando entrelazados por la cintura y se dirigen a otra vivienda en donde se realiza, de nuevo, el mismo ritual de manera sucesiva hasta que termina el Día de los Muertos .Otro ejemplo.

En las parroquias tradicionales caraqueñas -La Pastora, Manicomio, Petare o Macarao -era cosa normal “bailar” al muerto con la certeza que entre más se le bailara más feliz se iría de este mundo.

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