¿Buscas Algo?
¿Buscas Algo?
Tipo de empresa: Estado: Palabras Claves:

Las plañideras, mujeres que lloran pérdidas ajenas…

10 mar, 12

Una plañidera era una mujer a quien se le pagaba por ir a llorar al funeral de alguna persona. La palabra viene de plañir (sollozar)

Se hace mención de estas mujeres desde la más remota antigüedad. Para expresar de un modo más enérgico la desolación que debía causar al pueblo judío la devastación de Judea, el profeta Jeremías dice que el Dios de Israel mandó a su pueblo a hacer venir lloronas que él designa bajo el nombre de lamentatrices. Este uso del pueblo hebreo pasó a otras naciones y sobre todas, se conservó entre los griegos y romanos. Estos últimos daban el nombre de praefica a la principal de cada comitiva de lloronas porque era ella la que presidía las lamentaciones y la que daba a sus compañeras el tono de tristeza que convenía según la clase del difunto.

Las lloronas iban cubiertas con un velo y llevaban un vaso en que recogían las lágrimas que derramaban. Estos vasos llamados lacrimatorios se encerraban con mucho cuidado dentro de la urna donde se depositaban las cenizas del difunto. Como no se alquilaban lloronas sino para los entierros de los ricos, por esto no se metían en los vasos lacrimatorios en las urnas de los pobres para demostrar a la posteridad que ninguna persona había llorado en muerte en sus funerales.

Un funeral. Un coro ­literalmente un coro­ de mujeres entona un lamento. No lloran por el muerto, lloran para el muerto y para los vivos… Quizá una pérdida propia les inunda la memoria.

Un tema que ha dado para muchos artistas una serie de explosiones fotográficas y artísticas.

Para Franco Mendoza, fotógrafo vinculado a Obituarios de Venezuela, toma la imagen visual , como símbolo de arte representado en una hermosa plañidera que denota  ”que la vida, convoca al llanto”  acompañando al dolor con lamento.

plañideras
Escultura en homenaje a las plañideras de España

La tradición europea de las plañideras —que trabajan en el Día de los Muertos, en misas y fechas como aniversarios o fallecimientos— fue prohibida en el siglo XVIII. Sin embargo, debido a la crisis económica mundial, parte del clero español decidió ser más flexible y permitir que las familias puedan conseguir dinero extra.

Obra de teatro “Las Plañideras” de la compañía Pásatelo Teatro, realizada al aire libre en medio de la ciudad en el festival AlterArte 2009.La historia trata, de manera ácida y satírica, la historia de tres plañideras, mujeres que previo pago, van a llorar a los entierros, pero que en esta ocasión no todo saldrá como habían previsto. De esta manera aprovechan para hablar de muchas cuestiones de actualidad, política, espiritual… y sobretodo, del absurdo


El  fotógrafo venezolano Antonio Briceño, prepara un exposición sobre el papel de estas mujeres­, las plañideras están para llorar por los que no lloran; para llorar por aquellos a los que les dijeron que a los arrechos no se les sale una lágrima, aunque se les ahoguen las entrañas. Con estas mujeres en especie de extinción, figuras clave en ritos fúnebres de la antigüedad y en varias civilizaciones, y con ellas como excusa para reflexionar acerca de la represión de las emociones.

Antonio Briceño (Caracas, 1966) tenía décadas de llanto acumuladas. Tragedias, como las llama el fotógrafo, que datan de hace más de 37 años, cuando su madre murió en el accidente aéreo que le quitó la vida a los integrantes del Orfeón Universitario en 1976. En ese momento el dolor apenas comenzaba a almacenarse. Hasta el año pasado, cuando una serie de circunstancias trágicas familiares lo convulsionó.

“Una avalancha de cosas me cayó encima. Al mes de esta tragedia del año pasado pensé que todo había terminado, que ya había llorado lo suficiente, pero no. Me puse a atar cabos: tengo una cantidad de cosas dolorosas reprimidas. De todos estos dolores y tragedias que me ocurrieron me quedaron cicatrices. Si no le das rienda suelta a esos dolores, se te van enconando y te van causando daño”, cuenta Briceño.

Con esa cantidad de sensaciones revueltas Antonio Briceño convivió durante un tiempo. Hasta que a mitad de 2011 se topó con el titular de una noticia que lo impactó: “Las plañideras se extinguen en Perú”.

“¡Eso me batuqueó! No sabía que las plañideras todavía existían. Sabía que para los wayúu era obligatorio tenerlas en los velorios. Por mi prejuicio occidental había desechado eso cuando hice el trabajo Dioses de América -que expuso en el Museo de Arte Contemporáneo en 2009-. Las plañideras son mujeres que lloran por difuntos ajenos, pensé que eso era algo mercantil, que era un falso llanto. Pero la persona que escribió la nota me hizo ver que su llanto no era falso. Ellas no tienen nada que ver con los difuntos, pero esas mujeres, concretamente, tienen además situaciones económicas muy precarias. Es decir que ellas al final lo que te están es prestando su llanto para tu dolor”, afirma.

Y esas lloronas en las que él no creía le prestaron sus lágrimas para drenar sus dolores. Al punto que, desde el domingo, serán las protagonistas de la exposiciónLas plañideras, que Antonio Briceño inaugura en la galería D’ Museo, en el Centro de Arte Los Galpones de Los Chorros.

En total son 32 obras. Dos videos en loop (¡Ay, mamita!¡Compadre Florencio!), que muestran la sesión de llanto de las mujeres; y tres series: Las aguas, formadas por siete imágenes de oleajes amenazantes que aluden a la emoción represada; El Olvido, siete fotografías de los lagrimatorios donde se depositan las lágrimas del dolor; y Las mantillas, 14 retratos de las plañideras.

A ellas, que desde la antigüedad han hecho del llanto un ritual, las fue a buscar hasta Perú. “Esto es más que un tributo. Es sobre todo una catarsis. Pensé: ‘Si tengo tantas décadas de llanto acumuladas qué mejor que buscarme unas lloronas y que suelten todo ese llanto que está ahí como una represa, esperando ahí salir’. Me pareció el propio símbolo para hablar de la catarsis. Esa es la función que considero más trascendental de las lloronas. Son como los actores: logran que vivas algo a través de ellos. Cuando reuní con ellas no pude hacer otra cosa que llorar. ¡Quedé desactivado!”, dice.

Para Briceño, pues, Las plañideras era un trabajo que necesitaba. Por eso en esta oportunidad las reglas del juego cambiaron. Por primera vez, no convivió con el grupo de personas que estaba estudiando visualmente.

“Tenía el tiempo justo, me costó conseguirlas. Cuando preguntaba en Perú por las lloronas me decían: ‘Llegas 200 años tarde’. Tuve que trasladarme a Piura, una pequeña comunidad peruana. Me contaron que no existían, pero con ayuda del Ministerio de Cultura peruano me llevaron a unos pueblitos bastantes remotos en el desierto donde sí existen. Lo única manera de encontrarlas es evitar llamarlas ‘lloronas’. Es que la Iglesia Católica las prohibió y las estigmatizó. Como era algo que parecía pagano, esas manifestaciones eran mal vistas. La iglesia lo satanizó y poco a poco logró que fueran desapareciendo. Pero como es una cosa tan necesaria se mantuvo arraigada en los sitios más tradicionales, pero bajo cuerda”.

Tampoco se trataba de una investigación antropológica como lo que hizo por ejemplo cuando viajó, en 2009, a Laponia para realizar la exploración visual y lingüística del pueblo Sámi. No. Al fotógrafo, que representó a Venezuela en la Bienal de Venecia en 2007, no le importaban las circunstancias en las que vivían las plañideras, ni siquiera sus nombres.

Por eso las sorpresas abundaron. Para fotografiarlas tuvo que inventarse dos velorios ficticios. Le prestaron una iglesia, y con la ayuda del Alcalde del caserío, en el que consiguió a las lloronas, formó dos grupos de 12 cada uno.

“Llegaron mujeres vestidas completamente de negro. Apenas llegaron me preguntaron: ‘¿Por quién vamos a llorar? Venía prevenido, porque ellas en los aniversarios de los fallecidos también lo lloran, pero con fotos. Por eso cargaba fotos de mis difuntos. Además de ser un trabajo que estoy compartiendo con la humanidad, yo necesitaba drenar mis dolores. Mis lágrimas más antiguas eran por la muerte de mi mamá. Les respondí que lloraran por mi mamá. Empezaron a llorar como si fuese su madre. Los lamentos me impresionaron. Era un canto. No me lo imaginé”.

Fuentes:

El Nacional

CorreoCultural.Com

Últimos Mensajes

Nosotros - Boletín Semanal - Paute con Nosotros - Contacto
Obituarios de Venezuela - 2013