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El Manto de Turín no es una falsificación medieval

22 abr, 12

Una prueba de carbono sugirió que el Sudario de Turín es una farsa, pero las manchas de sangre en la tela, que coinciden con las heridas que Jesús sufrió durante la Crucifixión, apuntan a que la sábana es auténtica.

El Manto de Turín no es una falsificación medieval, como se ha dicho. Es tan auténtico que su imagen le hizo creer a los apóstoles que Jesús había resucitado de entre los muertos. Así lo asegura un historiador en un nuevo libro.

No se sabe con certeza qué mató a Jesús: si los más de 100 latigazos que le desgarraron la espalda o el esfuerzo de cargar la cruz de madera hasta lo alto del monte Gólgota; o las espinas hundidas en su cabeza; o los clavos estacados en sus muñecas y pies; o la posición de su cuerpo, que hacía de cada respiración una agonía, o, quizás, la lanza que un soldado romano le atravesó en su costado derecho. No es claro cuál fue el golpe definitivo, pero lo cierto es que, tras seis horas de suplicios horribles, aquel hombre murió en la cruz para, según sus seguidores, redimir a la humanidad de sus pecados como Hijo de Dios.

Ese mismo día lo envolvieron en una sábana, conocida hoy como el Manto Sagrado, el Manto de Turín o la Sábana Santa, y lo enterraron en un sepulcro sellado con una enorme roca. Nada ni nadie podía entrar o salir de allí y por eso María Magdalena y otras mujeres se alarmaron cuando vieron la tumba abierta. Aterradas, le avisaron a Pedro y a Juan, quienes entraron al sepulcro y lo encontraron vacío. Solo quedaba el sudario cuidadosamente plegado: el Mesías había resucitado en cuerpo y alma por voluntad de su padre y ahora caminaba entre los vivos.

Esta historia dio origen al cristianismo hace más de 2.000 años. Casi desde entonces, científicos de todo el mundo han planteado infinidad de teorías para explicar o desmentir el fenómeno de la Resurrección. Incluso, a finales del siglo XX, aseguraron que el único testimonio de este milagro, la Sábana Santa, era una falsificación medieval. Ahora, Thomas de Wesselow, un historiador de arte de la Universidad de Cambridge, se suma a la polémica con su nuevo libro La señal: el Sudario de Turín y el secreto de la Resurrección. Según dice, el Manto Sagrado es auténtico. De hecho, es tan real que engañó a los apóstoles y les hizo creer que el Mesías había vuelto a la vida.

“En la premodernidad la gente no veía las imágenes como cosas mundanas. Cuando observaba sombras o reflejos, creía que eran manifestaciones sobrenaturales, que estaban vivas. Por eso, los discípulos creyeron que el espíritu de su maestro se había trasladado del cadáver al paño de lino que lo envolvía y gritaron a los cuatro vientos que Jesús había regresado de entre los muertos”, le explicó De Wesselow a SEMANA. El autor basa su teoría en una de las cartas de San Pablo (1 Corintios 15:50) en la que el apóstol enfatiza en que la resurrección no es de carne y hueso, sino espiritual.

Sin embargo, su libro no ha sido bien recibido por los sindonólogos, como se les llama a los expertos en el Sudario de Turín y otras reliquias. Emanuela Marinelli, una de las mayores autoridades del tema en Italia, cree que la hipótesis de De Wesselow es falsa, pues cuando la Biblia narra las apariciones de Jesús después de resucitado, se refiere a una persona real, no a un ícono. “¿Se imagina una imagen en una tela caminando con los discípulos del pueblo de Meaux? ¿O a una imagen que le ofrece pan y pescado a los discípulos, que come o le pide a Tomás que ponga el dedo en sus llagas? Es ridículo”, le dijo a esta revista. De Wesselow se defiende y sostiene que los evangelios fueron escritos 60 años después de los acontecimientos de la Pascua y mezclan la ficción con la historia.

Pero probar que el relato sobre la Resurrección fue adquiriendo elementos fantásticos al pasar de generación en generación es el menor problema de De Wesselow. Para validar su teoría sobre el sudario que engañó a los apóstoles, primero tiene que probar que efectivamente esa fue la mortaja que cubrió el cuerpo de Jesús. Algo que no han podido hacer ni teólogos ni científicos desde hace más de 700 años, cuando el manto apareció por primera vez en público en una iglesia rural francesa. Hasta hoy se le han hecho más de 1.000 estudios de todo tipo y hasta su más reciente exhibición en 2010, en la Catedral de San Juan Bautista, en Italia, se le han tomado cerca de 32.000 fotografías.

De hecho, la primera foto que le hicieron fue la que reavivó el interés de la ciencia por la Sábana Santa. En 1898, Secondo Pia hizo un descubrimiento asombroso cuando estaba revelando las imágenes. Encontró que las tímidas sombras que aparecían en realidad eran un “negativo fotográfico”, una especie de radiografía del cuerpo lacerado y ensangrentado de un hombre crucificado. Eso significaba que, de ser una obra humana, el falsificador había logrado un efecto fotográfico 500 años antes de que la primera cámara fuera inventada.

Todos querían develar este enigma. Por eso en 1978, en un hecho sin precedentes, el grupo de científicos estadounidenses Shroud of Turin Research Project (Sturp) sometió al Sudario a un estudio forense por cinco días seguidos, pues la Iglesia es extremadamente celosa con el acceso a la reliquia. Barrie M. Schwortz, fotógrafo documentalista oficial de este proyecto, le reveló a SEMANA los hallazgos: “Demostramos que no es una pintura, ni una quemadura, ni una fotografía. Pero no pudimos descubrir qué es ni cómo se creó la imagen. El Sudario no se parecía a nada de lo que habíamos visto antes”.

Diez años más tarde, el Vaticano permitió que los laboratorios de la Universidad de Oxford, la Universidad de Arizona y la Escuela Politécnica Federal de Zúrich tomaran un fragmento de la Sábana Santa y, de forma independiente, le realizaran la prueba de datación del carbono 14. Los científicos concluyeron que se trataba de una ingeniosa falsificación medieval, que había sido realizada entre 1260 y 1390, 1.000 años después de que Jesús fue crucificado. Para muchos, esta era la prueba incontrovertible de que la mortaja era un fraude. Incluso, en 1994, Oliver Prince y Lynn Picknet, que consideraban al Sudario la primera fotografía de la historia, aseguraron que Leonardo da Vinci la había producido a modo de autorretrato con una linterna mágica, un aparato óptico que proyectaba las figuras pintadas en un vidrio sobre un lienzo.

Sin embargo, en los últimos años han surgido evidencias que desmienten la técnica del radiocarbono y todas las especulaciones que se derivaron, pues la prueba pudo alterarse por los tres incendios que sufrió el manto y los remiendos que le hicieron las monjas clarisas en la Edad Media. Además, el hallazgo en la tela de partículas de polen de plantas que crecen cerca al Mar Muerto y de fragmentos de piedra caliza que coinciden con las rocas de las afueras de Jerusalén favorece la hipótesis de que el Santo Sudario sí data del siglo I. Esto se suma a la sorprendente coincidencia entre las manchas de sangre en la sábana con cada una de las heridas que sufrió Jesús.

Todo apunta a que la manta sí cubrió el cuerpo de Cristo y no es un engaño. Pero, entonces, falta responder cómo se formó la imagen del Sudario. De Wesselow cree que no fue un milagro, sino que se produjo por una reacción química entre los gases emitidos por el cuerpo en descomposición y los materiales de la tela, a través de un proceso similar al que sufre el pan cuando adquiere el color marrón al ser tostado. Giulio Fanti, que hace poco publicó un artículo científico que recopila todas las investigaciones al respecto, cree que esto es poco probable.

El doctor en Ingeniería estudió desde las teorías más sofisticadas, como la difusión de gases, pasando por las que atribuyen la figura al amoniaco o al efecto de un rayo, hasta la posibilidad de que fuera una pintura, y concluyó que la misteriosa silueta se produjo por efectos de la radiación. “Sin embargo, nadie ha podido explicar completamente la imagen ni ha sido capaz de reproducirla”, le dijo Fanti a SEMANA. Tal vez jamás se sepa con certeza si el manto es la única fotografía de Jesucristo y, por ende, la prueba del milagro de la Resurrección o, al contrario, es la falsificación más perfecta jamás elaborada por el hombre.

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