Es sábado 15 de septiembre, después de 17 horas de viaje por fin llegué al Zulia para observar de cerca el homenaje que la región le brinda a su hijo ilustre: Felipe Pirela. A pesar de que otros han recibido primero el honor de pasar a reposar en el Panteón Regional, la distinción a Pirela generó un movimiento extraordinario y un sinfín de opiniones divididas en cuanto a si merecía o no estar entre las personalidades eximias zulianas. En el debate, se habló de sus tragedias personales, salieron a la luz nuestros prejuicios como sociedad, pero al final vencieron los meritos artísticos del bolerista.
Son las 4 de la tarde y voy en automóvil a Santa Lucia, antes de entrar en el bullicio recibo la llamada de Raúl Naranjo, toda una personalidad de nuestro viejo negocio del espectáculo, le digo que estoy en Maracaibo y que hice contacto con Beto Parra.
“¿Cómo está ese loco?”, me dice con su tono de voz sereno de siempre. Le respondo que está bien, que me ha dicho que quiere verlo: “¡Él es un gran amigo!”, me contesta con efusividad. A la pregunta obligada sobre el homenaje a Pirela de este día, responde en tono firme: “Se lo merece, para mi es el mejor cantante del Zulia y un icono del canto en este país (…) era un buen amigo, de todo se reía, con decirte que se reía hasta de lo malo que le pasaba. Ahora le dirán el prócer de la canción” (risas).
El ambiente en Santa Lucia es de fiesta, las proximidades del lugar donde se llevará a cabo el concierto con Argenis Carrullo y Jorge Velásquez está lleno de gente que bebe y conversa. En las puertas de casas y negocios cuelgan afiches con el rostro de Felipe y su música se escucha por todas partes.
Jorge Velásquez es en la actualidad el imitador más exitoso de Pirela, canta con mucha fidelidad, emoción y respeto las canciones de su ídolo, sin embargo olvida la máxima del propio Felipe: originalidad para construir una carrera.
Saludo a Oscar García, una leyenda viva de la radiodifusión, me entretengo un poco y subo de inmediato a la iglesia. Desde la entrada se ve el féretro que contiene los restos mortales de Pirela; como muchos, camino por la alfombra roja y me detengo frente a Felipe para presentarle mis respetos.
En el aire hay una energía que conmueve, mas allá del bullicio, el espectáculo y la celebración, este segundo sepelio de Pirela ya sin el profundo dolor de julio de 1972 en el rostro del pueblo, es asumido de manera introspectiva por las nuevas generaciones de la familia Pirela, como es el caso de Germán, hijo de Estela, hermana mayor de Felipe, a quien tuve el gusto de conocer a las puertas de la iglesia: “Yo tenía dos años cuando él murió, pero me pregunto por qué si el pueblo lo amaba tanto como dicen, no le tendieron la mano, los homenajes deben hacerse en vida”, asiento con la cabeza, concuerdo con Germán.
La historia de su vida y tragedia, desde 1972 hasta nuestra época, no produjo en la sociedad una reflexión que nos obligara a corregir las injusticias que se cometieron en su contra, todavía el prejuicio y la mezquindad campea.
Asumir las verdades de su vida no como un defecto de su personalidad, si no como parte de su naturaleza humana es darle verdadero respeto a su memoria. Su voz es el resultado de un cúmulo de vivencias y circunstancias, así como Charlie Parker o Chet Baker, Felipe transformó sus pesares en la más pura belleza artística.
Este homenaje le hará un bien a Pirela en la medida que se entienda que la música y la cultura representan una parte sustancial de nuestra historia. Creo que el Zulia ha dado un paso importante al integrar de manera admirable en el Panteón caras distintas pero igualmente significativas en la construcción del gentilicio nacional.
Por Luis Ugueto




























Era muy joven cuando Felipe Pirela fue asesinado y al día de hoy, cuando se conmemora su desaparición, a pesar del tiempo transcurrido experimento una gran tristeza como si se tratase de un hecho reciente. Siempre me gustó como cantaba y todavía disfruto en particular su interpretación de “Puerto Cabello”. Por otra parte, también lamento mucho que su única hija (por lo menos que se tenga conocimiento) se encuentre en la indigencia.